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Cuando Pablo Escobar Gaviria —el fallecido
narco Colombiano— era atacado por aquellos críticos que le endilgaban ser "capomafia" de Colombia y ser autor de la muerte de tantos adversarios, este
último se defendía argumentando que no era tan mala persona, ya que ayudaba a
mucha gente que no tenía recursos con dinero concreto. Dinero que, obviamente,
era producto de sus negocios con los estupefacientes.
Esa estrategia, la de ayudar a los más necesitados mientras se hacen
negocios con la muerte de tantas otras personas, ha demostrado ser efectiva a lo
largo del paso de la historia. Con una mano se protege a aquel que lo necesita y
con la otra se lo mata.
Nuestro país, que no puede ser menos en ese tipo de vicios, tiene su propio
exponente. Casualmente uno de los más emblemáticos en estos días: ni más ni
menos que Adolfo Rodríguez Saá, ex gobernador de la provincia de San Luis y ex
presidente de la Nación.
Rodríguez Saá fue elegido cinco veces para el cargo de gobernador, al que
llegó en un Dodge 1500 usado en 1983. En ese lapso de tiempo cambió el auto y
mucho más. Según se pudo ver en el programa Telenoche Investiga, emitido
por Canal 13 en noviembre de 2000, una cámara oculta mostró a Gustavo Cerioni,
de la Secretaría para la Pequeña y Mediana Empresa, al subsecretario de Eventos
Industriales Silvio Closa y al escribano oficial Rafael Echenique ofreciendo un
aprovechamiento indebido del régimen de promoción industrial y señalando al
gobernador como responsable. “No te creas que voy a hacer algo sin que él lo
sepa”, enfatizaba Cerioni, y agregaba que Rodríguez Saá era “fascinante”
en el armado de negocios.
Las autoridades provinciales afirmaron que las imágenes de la cámara oculta
habían sido manipuladas. Algo parecido a lo argumentado en 1993, cuando
Rodríguez Saá –según la postura oficial, obviamente– fue forzado a
coprotagonizar con Esther Sesín escenas de infidelidad y cocaína que
cancelaron sus sueños presidenciales. Si el gobernador sobrevive a tales
escándalos es porque su gestión exhibe cifras inusuales: subió la recaudación
impositiva, aumentó salarios estatales y bajó la desocupación. San Luis encierra
una paradoja: la provincia funciona y crece, pero está cuestionada por la
concentración de poder, el clientelismo político y las denuncias por corrupción.
Para lograr entender el flujo de dinero que se mueve en San Luis hay que
atreverse a nombrar esas tres palabras malditas que todos conocen en la
provincia pero que nadie se atreve a mencionar: lavado de dinero.
La evidencia está a la vista. Parte de ella son los casinos. Alguien que se
anima desde el anonimato asegura: “¡Cómo están puestos! Pero no va nadie.
¿Suena a lavado de plata? Una provincia donde la gente no quiere usar la cabeza
es el medio justo para eso”. Rodríguez Saa asegura ser el político más
abierto a los cuestionamientos, sin embargo llama la atención que todos teman
dar su nombre cuando hacen críticas.
La gente de San Luis sabe que tres casinos son demasiados, pero el hecho de
que pertenezcan a los Rodríguez Saá hace que nada pueda decirse al respecto.
Respecto al tema económico es evidente que, debido al flujo de dinero de
dicho lavado —amén de los negociados antes mencionados—, San Luis es una de las
provincias más destacadas a nivel administración.
La imaginación de los puntanos sobre los Rodríguez Saá ha sido estimulada por
17 años de poder y control. La desbordan las denuncias de corrupción y
enriquecimiento ilícito, y no hay conversación en la que no aparezcan
historias elocuentemente gráficas. Dicen que muchos favorecidos por la promoción
industrial instalaron meros galpones, que Rodríguez Saá tiene una cadena de
hoteles en Islas Canarias, y que compró toda la edición para la Argentina de la
revista española Hola que incluía una nota sobre el tema. También
rumorean que aportó dinero a la campaña del presidente estadounidense George
Bush Jr. y que compra votos por $ 50 y $100.
“Es harto elocuente que los Rodríguez Saá no pueden justificar su patrimonio”,
me asegura uno de los periodistas puntanos que más ha investigado los bienes de
la familia, mientras me aclara que “la promoción industrial no es de
Rodríguez Saá, sino anterior: de 1981 y 1982. Si se hubieran instalado todos los
proyectos aprobados, San Luis tendría el mismo producto bruto que Corea del Sur.
De todos modos, la economía se dinamizó.” Al hablar del incremento salarial,
se enfurece: “Es propaganda. No pueden fijar el salario mínimo de la
actividad privada porque es una ley nacional. Y el aumento no comprende a todos
los empleados públicos, ni a los municipales, porque no hay un mango: es la
provincia que menos coparticipación da a los municipios, según se arrodillen
ante Rodríguez Saá”.
El mismo periodista me cuenta que “las empresas constructoras que
liciten, por decreto, deben agregar a su oferta el 0,5 por ciento para
publicidad en el diario de mayor tirada, el de Alberto Rodríguez Saá —hermano de
Adolfo—, donde además se concentra la publicidad oficial”.
Lo cierto es que Adolfo Rodríguez Saá ha sido gobernador por casi 18 años,
gracias a la reelección indefinida de la que gozó y un férreo control político,
en medio de un sistema que nunca ha ofrecido alternativas.
El oficialismo ha controlado la legislatura y tras una campaña en los medios
de comunicación dominados por su familia, Rodríguez Saá cambió a los jueces del
máximo tribunal provincial: no hay control ni equilibrio de poderes.
El Diario de la República (el de mayor tirada) está dirigido por la
hermana del gobernador, Zulema y su competencia, La Opinión, por el
primo, Eduardo. También son favorables al gobierno Canal 3, TVC Puntana y
Carolina Cable Color, y las radios Lafinur y Dimensión.
La pregunta es: ¿Debe permitirse que alguien cometa ilícitos de todo tipo
sólo porque muestra un costado medianamente positivo de gestión de Gobierno o
brinda algún tipo de asistencia social a la gente?
En otras palabras: el hecho de dar algunas mínimas prebendas a la población
¿le da carta abierta a cualquier delincuente como para abusar de su poder?
La única respuesta posible la tiene la gente. Esa misma gente que se
conforma con las sobras del sistema.
Hemos llegado a un nivel de corrupción política tal que, por el hecho de no
tolerar a los delincuentes de siempre, preferimos poner a un narcotraficante,
lavador de dinero y ladrón como presidente, sólo porque nos conforma con una
parte del botín. Es patético.
De esa manera desvirtuamos nuestros propios valores y no le damos chance al
futuro.
De esa manera nos conformaremos mañana con políticos que sean un poco menos
malos que los que nos tocan hoy día en suerte.
De esa manera nos volveremos cada vez más conformistas y nuestro nivel de
pensamiento crítico se diluirá junto a los millones y millones de dólares que
nos roban cada día.
Eso sí... con las migajas que nos dejan podremos seguir subsistiendo como
para poder seguir siendo parte de ese círculo vicioso que permite que el sistema
funcione.
Ese mismo sistema que creemos controlar con un par de cacerolas que
golpeamos con la convicción de que mejoramos las cosas a futuro.
Tal vez para poder entender quien digita en verdad nuestro destino
tendríamos que mirar un poco más al norte del planeta y no creer que somos el
ombligo del mundo.
Christian Sanz