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El psiquismo, ese fenómeno tan enigmático
como complejo, siempre ha dado quehacer al hombre. Ya la filosofía antigua se
ocupaba del tema al punto de que una de sus ramas, la psicología, hoy desgajada
del tronco central, junto con la lógica, la ética y la metafísica, formaba
parte de ella.
Pero resulta que esta disciplina, cuya esencia es tan
huidiza, cuyas manifestaciones estudiadas se pierden en los profundos laberintos
del consciente, del subconsciente y del inconsciente, da lugar -cual oráculo- a
múltiples interpretaciones.
Por este motivo, los investigadores ponen en sus
conclusiones el tremendo peso de su subjetividad, y el resultado final es la
heterogeneidad de las interpretaciones.
En el terreno químico, por ejemplo, sabemos que si
combinamos un metal con un ácido, obtendremos una sal. Ácido sulfúrico más
cobre nos dará siempre -en idénticas condiciones experimentales- sulfato de
cobre, aunque la prueba se repita miles de veces. Según las experiencias biológicas
sabemos que la carencia de vitamina C en animales y personas da lugar a la
aparición del escorbuto y todos los biólogos y médicos aceptan esto por
igual. En cambio los psicólogos y psiquiatras no pueden estar de acuerdo con
las motivaciones y causas de las diversas manifestaciones psíquicas, dada su
gran complejidad. Es como meterse en una computadora programada sin conocer el
mecanismo y su forma de operar. Y con más razón notaremos la impotencia si nos
remontamos a los siglos pasados. Hoy, con la ayuda de la etiología animal y
humana, la ciencia genética y la psicología experimental, se han aclarado
muchas cosas, pero antiguamente el psicólogo se guiaba por puras intuiciones
y signos confusos poniendo mucho de sí mismo en los resultaos de las
observaciones de los fenómenos mentales y sus anomalías. Estos, con mayor
razón, debían constituirse en verdaderos enigmas, al punto que en la antigüedad
muchos signos de locura eran interpretados como posesiones diabólicas.
Aquí ya tenemos una posición frente al fenómeno.
Superstición, sí, pero interpretación al fin de una manifestación no
entendida.
Transcurren los siglos, y aparece en escena Sigmund
Freud, médico y psiquiatra austriaco (1856-1939), profesor de la Universidad de
Viena. Este futuro hombre célebre estudió bajo la dirección del afamado
investigador de las neurosis Juana Martín Charcot (1825-1893), en el hospital
de la Salpetriere, donde la observación de las manifestaciones histéricas
le sirvió de fundamento para elaborar una teoría novedosa que explicaba los
fenómenos psicológicos. Esta teoría fue seguida por discípulos como
Jung, Adler y Young, ante un mar de críticas por parte de los ortodoxos del
estudio de la mente.
No vamos a negar aquí el carácter de sabio del
creador del psicoanálisis, pero lo que podemos criticar a él y a sus
seguidores es la visión tergiversada de la realidad de que han hecho gala.
A tal grado resulta aberrante el punto de vista sobre
los problemas psíquicos por parte de la escuela freudiana, que podemos asumir
que el verdadero neurótico obsesivo ha sido ¡el propio Freud! y lo que ha
practicado, a pesar de los enfoques del tema propios de un sabio, debe ser
considerado como una pseudociencia.
Se trata de una pseudociencia muy particular, por
el hecho de que entre otras pseudociencias como la parapsicología, la homeopatía
y la ovnilogía, brilla. Y es porque su tema específico es tratado con
profundidad científica, de un modo extenso, muy meditado y riguroso. Pero ante
un examen atento pronto se advierten ciertos resquicios por donde se filtra un
cuasi dogma, es decir, una posición antepuesta. La del sexo, por caso, que
delata el fondo obsesivo que campea en toda la obra freudiana. Se revela una
idea fija, un eje alrededor del cual se acomodan los diversos casos de neurosis
para caer finalmente en los lugares comunes del sexo y sus anexos.
Abarcando la etapa infantil del individuo se habla de
sexualidad. De etapa oral, sádicoanal, de erotismo uretral, de fase fálica, de
angustia de castración en el varón, de etapa fálica en la niña, de la
envidia del pene, del complejo de Edipo, del temor a la castración en la mujer
y otras imaginaciones. Después se enumeran los mecanismos de defensa como la
sublimación, negación, introyeción, represión, aislamiento, regresión,
bloqueo, etc.
Se pasa luego a los conflictos neuróticos como
impotencia y frigidez, angustia, obsesión y compulsión, depresión y manía y
a la misma esquizofrenia, pero todo relacionado con los genitales. Los
trastornos del carácter sin vistos como rasgos uretrales y fálicos del carácter.
Se describe el carácter genital. Se habla de perversiones orales en referencia
a la zona oral como instrumento de gratificación sexual. En el análisis se
demuestra que la boca se constituye en sustituto referente de los genitales en
aquellos casos en que la actividad genital se halla inhibida por temor a la
castración. (Otto Fenichel, Teoría psicoanalítica de la neurosis, Paidos,
Buenos Aires, l1964, pág. 397).
En el caso del sadismo, el psicoanalista austriaco
doctor Otto Fenichel dice: "si el placer sexual es perturbado por la
angustia, es comprensible que una 'identificación con el agresor' pueda
constituir un alivio. Si una persona es capaz de hacer a otros lo que teme lo
que le puedan hacer a él, ya no tiene por qué experimentar temor... En
resumen: Lo que tendría que sufrir pasivamente el sujeto, en revisión de ser
atacado, lo hace, en forma activa a los demás (Ob. cit. pág. 400).
¿Puede ser esta la única explicación del sadismo? ¿Y
la biología qué dice? ¿Por qué se olvida esta ciencia? Los impulsos sádicos
bien pueden ser compulsiones de carácter hereditario, no adquirido.
El masoquismo es para los psicoanalistas un
problema semejante al sadismo. El masoquismo aparenta contradecir al principio
del placer, pues en tanto que el hombre tienda a evitar todo lo que es dolor, en
los fenómenos del masoquismo es el propio dolor el que proporciona
placer. Fenichel concluye atribuyendo todo al sacrosanto "temor a la
castración" que obliga al individuo a buscar una fuente de placer en el
sufrimiento. (Ob. cit. pág. 407). Yo en cambio sigo sosteniendo que el factor
hereditario y ambiental es el que predispone a todas estas anomalías.
La cleptomanía se atribuye a un erotismo
uretral. En la perversión incendiaria dice otra vez Fenichel, la vida sexual
está regida por intensos impulsos sádicos, sirviendo la fuerza destructiva del
fuego como símbolo de la intensidad del apremio sexual. (Acotación al margen:
¿no se parece esto a un horóscopo?). Los pacientes se sienten llenos de
impulsos negativos, que reciben su forma específica de la fijación erótico-uretral
(Ob. cit. pág. 419).
La pasión del juego tampoco escapa al
componente sexual y los conflictos atinentes a la sexualidad infantil, por lo
general centrados en la masturbación y el sentimiento de culpa (Ob. cit.pág.419).
Igualmente, los adictos a las drogas tienen problemas
sexuales. Dice Fenichel que "el análisis de los adictos a las drogas
demuestra que la primacía genital tiende a hacer colapso en aquellas personas
en quienes esta primacía ya era inestable. Las tendencias orales y cutáneas
manifiestas en aquellos casos en que la droga es ingerida por la boca o recibida
mediante inyección hipodérmica. Cierto es que la jeringa puede tener también
un significado simbólico genital" (como acotación sobre la marcha
recordemos que el polvo de cocaína se introduce en las fosas nasales. No
sabemos cómo relacionarían esto con el sexo los psicoanalistas de hoy).
Según Ernest Simmel, el uso de drogas representa
primeramente la masturbación genital acompañada de fantasías... (Otra acotación
al margen: hoy existe la más amplia libertad sexual de todos los tiempos paradójicamente
con el mayor consumo de drogas. Esto significa que estamos lejos de una
consecuencia de la represión sexual si así es como debe interpretarse la
masturbación).
¿Hay o no aquí una obsesión consuetudinaria por el
sexo por parte de los émulos de Freud? Pero vayamos ahora directamente al
creador del psicoanálisis. ¿Qué dice Sigmund Freud en sus obras que forman
una amplia colección de varios tomos?
Nadie resiste el archivo
No vamos a comentarlo todo, por supuesto, sólo
extraeremos algunos pasajes como muestras, no seleccionados adrede para
robustecer mi posición antipsicoanalítica, sino tomados al azar.
Aceptaremos del sabio su concepción del ello,
del yo y del superyó como manifestaciones de la esencia del
universo en forma de psiquismo. El ello como lo más antiguo del
aparato psíquico con un contenido heredado, es decir lo que "se trae con
el nacimiento", lo constitucional que en otros términos no psicoanalíticos,
podríamos denominar como nuestro psiquismo genético, es decir heredado.
El yo con su tarea de autoconservación que toma noticias de su entorno,
almacena experiencias (memoria), evita ciertos estímulos (mediante la adaptación)
y aprende a alterar el mundo exterior de una manera acorde para su ventaja
(actividad).
Podemos aceptar también que el yo vaya
"hacia adentro", es decir hacia el ello para frenar las
pulsiones que allí se generan para decidir si se le concede o no su satisfacción
o sofocar totalmente sus excitaciones. Esto se puede asemejar a una lucha entre
el yo y el ello, o quizás a un proceso de filtración.
Por último, podemos admitir igualmente como hipótesis
la existencia de un superyó como resultado de la etapa de la niñez a lo
largo de la cual el ser humano vive en dependencia de sus padres. Es durante
este período de crecimiento cuando se plasma dentro del yo el influjo de sus
progenitores.
Según Freud, una acción se puede considerar correcta
si cumple simultáneamente los requisitos del ello, del superyó y
la realidad objetiva. Esto es, cuando logra reunir entre sí sus requerimientos.
Los pormenores de las relaciones entre el yo y el superyó se
tornan enteramente evidentes cuando se reducen a la correspondencia del niño
con sus padres.
Además de la índole personal de los progenitores,
también incide en el niño el influjo propagado por ellos concerniente a la
tradición familiar, la raza, el pueblo al que pertenece y los requerimientos
del ámbito social.
Para Freud, aún teniendo en cuenta su diversidad, se
puede apreciar en el ello y el superyó una coincidencia por
cuanto reproducen las influencias del pasado. Así, en el ello se
manifiesta el pasado heredado y en el superyó el pasado asumido por
otros.
Esto significa lisa y llanamente que las vivencias
adquiridas por nuestros antepasados remotos continúan gravitando sobre nosotros
porque han quedado grabadas en nuestro acervo genético hereditario como caracteres
adquiridos y esto constituye ¡un mayúsculo disparate! casi próximo a
las creencias en las reencarnaciones y en el deja vú (o en otros términos
delirio palingnóstico). En cambio, el yo está gobernado en su
mayor parte por las propias vivencias individuales.
Estos son los lineamientos generales freudianos
para comprender la estructura psíquica del individuo. Vayamos ahora al
desarrollo del tema.
Aunque Ud. no lo crea
Acerca de la doctrina de las "pulsiones",
dice Freud: "Llamamos pulsiones a las fuerzas que suponemos tras las
tensiones de necesidad del ello" (Esquema del psicoanálisis: Doctrina
de las pulsiones). Pero luego se sale con una cuestión poco creíble cuando
afirma que en la pulsión de destrucción hace su aparición como meta final el
hecho de transportar lo vivo al estado inorgánico. ¿Coincidencia de los átomos
que nos forman? Dudoso.
Según Freud, esta es la causa por la cual la
denominamos también pulsión de muerte. Sabemos que lo vivo adviene
después de lo inerte que lo ha generado y debemos reconocer entonces que una
pulsión como la de muerte debe tender hacia el regreso a un estado anterior, el
inerte. ¿La materia piensa? ¿Posee inclinaciones de lo inerte a lo vivo
primero, y de lo vivo hacia lo inerte después?
Aquí, evidentemente, estamos ante un disparate,
que, no se sabe con que tino Freud trata de conciliar con esa otra pulsión, la
del Eros, o pulsión de amor. En este caso no se puede aplicar la fórmula
de la pulsión de muerte, esto es de una regresión al estado anterior.
Otra equivocación de Freud la podemos comprobar en su
concepto de "herencia arcaica", que el niño trae de modo congénito,
esto es, antes de toda experiencia, grabada en las vivencias de sus antepasados.
De este modo Freud se adhiere a la teoría lamarckiana de la herencia de los
caracteres adquiridos, hoy abandonada y rechazada ya en tiempos de Freud. Con
esta herencia arcaica relaciona los sueños. También dice que el durmiente
en cierto modo regresa al seno materno. (Esquema del psicoanálisis, en
Obras completas, volumen XXIII Amorrortu pág, 165).
Con respecto a las neurosis, "se diría que son de cabo
a rabo" una satisfacción sustitutiva de algún deseo de alcanzar lo sexual
o en otro caso unas respuestas para estorbarlas. "No cabe ninguna duda de
que las pulsiones que se dan a conocer fisiológicamente como sexualidad desempeñan
un papel sobresaliente e inesperadamente grande en la causación de las
neurosis" (Ob. cit.pág. 186). Una de las obsesiones de Freud y sus
psicoanalistas es el denominado por él "complejo de Edipo", basado en
la saga griega del rey Edipo: el héroe griego mata a su padre y toma por esposa
a su madre. Con esto quiere significar el deseo sexual del niño hacia su madre,
sin faltar en el psicoanálisis el deseo semejante en el otro sexo que al
parecer Jung designó como "complejo de Electra" que consiste en el
deseo sexual de la niña hacia su padre. La otra obsesión es el complejo de
castración. Veamos estas aberraciones freudianas.
Escribió Freud: "Cuando el varoncito (a partir de los
dos o los tres años) ha entrado en la fase fálica de su desarrollo libidinal,
ha recibido sensaciones placenteras de su miembro sexual y ha aprendido a procurárselas
a voluntad mediante estimulación manual, deviene el amante de su madre. Desea
poseerla corporalmente en las formas que ha colegido por sus observaciones y
vislumbres de la vida sexual, y procura seducirla mostrándole su miembro
viril, de cuya posesión está orgulloso. En suma, su masculinidad de
temprano despertar busca sustituir junto a ella al padre, quién hasta entonces
ha sido su envidiable arquetipo por la fuerza corporal que en él percibe y la
autoridad con que lo encuentra revestido.
Ahora el padre es su rival, le estorba el camino y le gustaría
quitárselo de en medio. Si durante una ausencia del padre le es permitido
compartir el lecho de la madre, de donde se ve de nuevo proscripto tras el
regreso de aquel, la satisfacción al desaparecer el padre y el desengaño
cuando reaparece le significan unas vivencias que calan en lo hondo". Este
es el contenido del complejo de Edipo, que saga griega ha traducido del mundo de
la fantasía del niño a una presunta realidad objetiva. En nuestras
constelaciones culturales, por regla general se le depara un final terrorífico.
"La madre ha comprendido muy bien que la excitación
sexual del varón se dirige hacia su propia persona. Cree hacer lo justo si le
prohíbe el quehacer manual con su miembro... Por fin la madre echa mano del
recurso más tajante: amenaza quitarle la cosa con la cual él la desafía.
Por lo común, cede al padre la ejecución de la amenaza, para hacerla más
terrorífica y creíble: se lo dirá al padre y él le cortará el miembro... Si
a raíz de esa amenaza puede recordar la visión de unos genitales a los que les
falta esa pieza apreciada por encima de todo, entonces cree en la seriedad de lo
que ha oído y vivencia, al caer bajo el influjo del complejo de castración, el
trauma más intenso de su joven vida".
Los efectos de la amenaza de castración son múltiples e
incalculables; atañe a todos los vínculos del muchacho con padre y madre, y
luego con hombre y mujer en general. Las más de las veces, la masculinidad del
niño no reviste esta primera conmoción. Para salvar su miembro sexual,
renuncia de manera más o menos completa a la posesión de la madre, y a menudo
su vida sexual permanece aquejada para siempre por esa prohibición.
"Si está presente en él un fuerte componente femenino,
según lo hemos expresado, este cobra mayor intensidad por obra del
amedrentamiento de la masculinidad. El muchacho cae en una actitud pasiva hacia
el padre, como la que atribuye a la madre. Es cierto que a consecuencia de la
amenaza resignó la masturbación, pero no la actividad fantaseadora que la
acompaña. Al contrario, esta, siendo la única forma de satisfacción sexual
que le ha quedado, cultivada más que antes y en tales fantasías él sin duda
se identificará todavía con el padre, pero también con la madre" (
Ob.cit. páginas 189 y 190).
Estos casos que conoció Freud "en suerte o en
desgracia", bien pudieron haber sido resultados de ciertas costumbres del
ambiente en que le tocó desempeñarse. En efecto, el mismo Freud aclara que
en las familias de la pequeña burguesía es común que los niños compartan el
dormitorio de los padres. De este modo es fácil colegir que los niños
posean repetidas oportunidades de presenciar las relaciones sexuales de sus
progenitores. De ahí que el resultado de estas experiencias fuese que el niño
comenzara a excitar manualmente su pene y emprender diversos ataques sexuales
contra su madre identificándose con su padre, cuyo lugar ocupaba al hacerlo (
ob.cit. págs. 75 y 76).
Esta sería toda la causa del denominado " complejo de
Edipo", inexistente al faltar el episodio de la observación del acto
sexual de los padres. Distinto hubiese sido si Freud hubiese recogido sus
experiencias en otras regiones del planeta, quizás exóticas para él, con
otras costumbres. Por esto, de aquí a generalizar es ya una actitud muy
aventurada. Así la ciencia se transforma en pseudociencia porque se antepone
una posición cuasi dogmática cuando se reducen los problemas psíquicos a
fundamentos como los complejos edípicos, de Electra y de castración o se
clasifican los individuos según sus caracteres ligados al sexo como los caracteres anal,
oral (con erotismo oral), uretral, fálico, etc., así como las pulsiones de
muerte y de Eros, igualmente como las teorías del yo del superyó
y del ello que también contienen elementos eróticos como en el caso
del superyó. "El superyó es el heredero del complejo de
Edipo", dice Freud, y su hiperseveridad corresponde a la intensidad de
la defensa gastada contra la tentación del complejo de Edipo" (
Ob.cit. pág 207).
Ladislao Vadas
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